No basta con marchar (opinión)

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En medio de la primera marcha de los estudiantes en el 2011, vi un letrero pequeño que alguien sostenía: ya no basta con tuitear … y escribí una nota al respecto. Hoy, en medio de la “explosión” del hastío, en la plaza Ñuñoa vemos este otro anuncio, avisándonos que hay que avanzar desde las marchas a un nuevo escenario. ¿Cuál podría ser el paso al que nos convoca este letrero? Me atrevo a mencionar algunas cosas:

Lo primero es que debemos pensar, reflexionar, conversar, sopesar … y finalmente actuar, en función de poder colaborar para que el futuro de hoy, mañana y pasado mañana, sea uno de tolerancia y de acuerdos, de sincera búsqueda de lo que queremos como país, para todas, para todos, para superar este presente de segregación y exclusión, que hemos heredado de la dictadura y que hemos sido incapaces de modificar, quitándole poder a los que tienen mucho … al contrario, a veces tenemos la impresión de haber abrazado, hasta con cierto entusiasmo, una ideología que todo lo contamina y banaliza. Hay que salir de este absurdo, cruel e injusto, ya insustentable. Hay que ver cómo se hace. Es un gran trabajo colectivo de imaginación primero, para luego trazar las acciones a seguir.

Una cosa que ha aparecido con mucha fuerza es la emoción que estas manifestaciones han generado. “No son 30 pesos, son 30 años”, esta otra frase lo indica, dando cuenta de la profundidad de la motivación de las personas para irrumpir así como lo han hecho. Podemos ver una suerte de expansión afectuosa, una alegría contagiosa, de carnaval, como ha señalado el rector Peña. Puede ser el resultado de encontrarse en el espacio público y saberse compartiendo una idea, la de la comunidad, de formar parte de una voluntad de integración y la noción de un futuro con sentido de pertenencia, más amable, más humano, más pleno. En definitiva, una idea por la que se tiene afecto, tanto que la gente sale a la calle con lo que tiene a mano: cartones con mensajes, banderas, ollas y sartenes, disfraces, con sus propios cuerpos, reunidos, caminando, bailando, jugando… La contraparte de esta alegría es el terror por la represión, de la cual hay innumerables testimonios, pruebas grabadas, fotografías, violencia ejercida de muchas formas, todas brutales. Se suma la incertidumbre que crea la revuelta vandálica, el saqueo y la destrucción, desate incontrolado y rabioso ante la disolución, al menos momentánea, de las instituciones y una manifiesta debilidad en la capacidad de control de la policía, incluso con el refuerzo militar, más bien sumado a la represión de las manifestaciones. Hay una profunda tristeza en esta cara de la irrupción de las personas. Es lo bueno y lo malo, que se ordena en función del re-descubrimiento de lo que podemos ser como sociedad.

Necesitamos una nueva constitución con una asamblea constituyente. ¡Qué difícil ha sido encarar esto! Y claro, modificar la constitución significa cambiar el modelo neoliberal, afectando el núcleo ideológico, esto es la comprensión del mundo que lo sostiene. Pero las crisis justamente afectan la normalidad de la vida, una normalidad que parece ya insoportable, si atendemos a la emergencia de esta dinámica social crítica, que surge pues colectivamente sufrimos un sistema segregador que parece negarnos la posibilidad de ser lo que queremos ser. Este impulso de ser se orienta por los afectos, nos dice Spinoza, entendidos como lo que aumenta o disminuye, favorece o retarda la potencia de actuar hacia ese ethos.

La ciudad es el escenario principal de la segregación. Tenemos evidencia suficiente de la ruptura y la tensión con que hemos construido nuestra realidad urbana, dominada por el mercado, como si se tratara de camisas o de empanadas, entre tantas cosas que se resuelven muy bien con el mercado. Obviamente no se trata de que no haya mercado en la ciudad, sino de que no puede haber sólo mercado. Mientras no tengamos poder de decisión pública sobre el suelo urbano, buscando el bien común, será improbable una nueva ciudad, justa para todas y todos. De esta misma manera, sobre la base de que son asuntos públicos, debemos enfrentar el desarrollo de nuestras ciudades, el patrimonio, la educación, la salud, las pensiones, el manejo del agua y la energía en el territorio, la transformación de nuestros recursos naturales … se trata de la sostenibilidad y de una perspectiva de desarrollo en definitiva.

Todas las aspiraciones y deseos que se están expresando en estos días, ya lanzados en este intento majestuoso de dignidad dirigido a la recuperación de ese ser compartido (despertó Chile es otra frase que circula), sólo tendrán un cauce posible si somos capaces construir la más amplia unidad de todos los que aspiramos a ese futuro de justicia, igualdad y fraternidad, desde las personas con sus afectos y alegrías y no sólo desde el terror y los intereses de los poderosos. Esta voluntad expresa, explícita, debe tener horizontes diferenciados, conteniendo por supuesto la nueva constitución en el mediano plazo y, al mismo tiempo, logros indispensables en los aspectos urgentes que nos apremian: pensiones, salud, vivienda, educación…

Más allá estará esa sociedad justa con una cultura democrática completa, solidaria y respetuosa, una economía inclusiva, con perspectiva estratégica y políticas para el desarrollo nacional, entendiendo el territorio y sus diferencias. Superando la ideología imperante, cuyos resultados están suficientemente claros, se trata de una cultura de bienes públicos, de bien común; desde el mundo de la vida, que debe ser una cotidianeidad buena, posible universalmente, fundada en la confianza de un acuerdo mutuo. Pacto en el cual el poder quede en una relación de cierto equilibrio, compartido entre los actores en la sociedad, donde existan límites y aperturas que sean respetadas y que los afecten también universalmente y de modo parejo y ecuánime. Avances civilizatorios. A esa normalidad es a la que quisiéramos llegar.

Un primer paso para una nueva constitución, para salir de la obsesión de la ideología neoliberal y su cultura excluyente, es la búsqueda incesante de las medidas que desde ya, a contar de hoy mismo, fundamenten y expresen un programa popular, libertario, sustentable, claramente el único posible para nuestro país, medidas efectivamente comprometidas con estos propósitos y no con los privilegios de unos pocos. En el clamor de estos días, se escucha que se trata de las pensiones y la salud, de la educación, junto a mayores impuestos a los que deben pagarlos. Y por supuesto, se trata también de la ciudad, lo que quiere decir suelo, vivienda, transporte, patrimonio, espacio público…

Entonces, como no basta con tuitear ni con marchar, ahora hay que construir esa unidad de programa, de voluntades y de la posibilidad de la alegría. Si no estamos unidos, ganarán los que no quieren los cambios. Como siempre, es nuestra decisión.

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