«Dueños de nuestro destino»: La lúcida intervención de Ariel Dorfman

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La tarde del 21 de septiembre estuvo marcada por la memoria en la céntricas calles de Nueva York. 50 años después del discurso de Salvador Allende ante la Asamblea General de Naciones Unidas el eco de su voz resonó en el Instituto Cervantes donde autoridades mundiales fueron testigos de la vigencia de una jornada que sobrevivió medio siglo.  Entre discursos presidenciales y familiares la figura de Ariel Dorfman apareció lúcida y certera para guiar el acto qué generó pautas mundiales en medios y política.

Compartimos entonces la intervención del escritor:

“Termina el presidente Allende su discurso refiriéndose a los miles y miles de Chilenos que le entregaron el mensaje que ha traído a la asamblea. Es típico de él y de su trayectoria durante toda su vida de poner el énfasis en quienes lo acompaňan en este viaje de liberación.

Es con emoción, entonces, que vuelvo a escuchar estas palabras hoy, porque fui uno de los que acudieron a la alameda a despedirlo. Y unos días más tarde, el 4 de diciembre de 1972, con mi esposa Angélica a mi lado y junto a otros militantes de la unidad popular, escuché con una inmensa esperanza esas palabras transmitidas por radio.

Era un momento tenso para la nación y para el proyecto revolucionario y pacífico de Allende. Los enemigos internos y externos buscaban derrocar al presidente, aprovechando el asedio de corporaciones multinacionales, instituciones financieras internacionales y la hostilidad del gobierno norteamericano.

El discurso del presidente ante la asamblea general intenta explicarle a la humanidad, representada en aquella asamblea, la libertad reinante en Chile y denunciar los ataques que sufríamos.

Se trata de una lección magistral de historia, de economía, de política, de ética,  de jurisprudencia, donde Allende, más allá de ser presidente de Chile, se alza como un líder mundial, portavoz de los millones y millones de habitantes del planeta que han sido relegados a una vida subhumana y que merecen, dice, bienestar y progreso intelectual. Chile aparece como un modelo para salir del subdesarrollo, la miseria y la dependencia que tantos ansiaban.

Allende, por lo tanto, no se encuentra solo ese día en la asamblea.

De hecho, entre quienes lo acompaňaban estaba Orlando Letelier, que, como embajador de Chile ante los estados unidos, había defendido el proceso revolucionario.  El presidente lo designaría después como ministro de relaciones exteriores, ministro del interior y, finalmente, ministro de defensa.

Procede particularmente recordar a Orlando Letelier, entre tantos partidarios, porque hoy es 21 de septiembre. Y justamente fue un 21 de septiembre, hace 46 aňos, que Orlando fue asesinado en su exilio de Washington por agentes de la dictadura. Recordar a ese íntimo y leal amigo de Allende es, además de un reconocimiento necesario a su persona, también una manera de enfatizar que las ideas expresadas por Allende eran compartidas y alimentadas por un gigantesco colectivo de múltiples colaboradores suyos.

Tal como lo dijo el presidente: llevaba consigo el mensaje de muchos otros. Estaba acostumbrado a recibir y transmitir y apreciar esos mensajes. Me viene a la memoria una noche de principios de septiembre de 1964. Finalizaba una campaňa electoral en la que Salvador Allende aspiraba a la presidencia. Su hija Isabel había invitado, junto a su hermana Tati, a algunos amigos, entre ellos yo y angélica, a la residencia de la familia en guardia vieja, para que lleváramos a cabo una serie de tareas para la contienda que se avecinaba.

Bien tarde, una noche, llegó Allende, cansado pero lleno de entusiasmo, de un largo viaje recorriendo los últimos rincones de Chile. Tenía los bolsillos repletos de papelitos, pequeňas cartas, en efecto, mensajes, que le fueron entregando sus conciudadanos. Eran parabienes, plegarias para su salud y victoria. Uno decía: no se olvide de nosotros cuando sea presidente.

Y, por cierto, Allende no se olvidó de ellos cuando, seis aňos más tarde, entró a La Moneda como su compaňero presidente y trajo consigo esos mensajes a nueva york y al mundo.

Y el pueblo de Chile no se olvidó de él después del 11 de septiembre, lo mantuvo vivo en la memoria y en la lucha.

La senadora Isabel Allende, junto a su familia, ha defendido con tierna ferocidad esa memoria.

¿Quién mejor que ella para conmemorar a su padre en esta ocasión histórica?

(Intervención Isabel Allende)

Gracias, Isabel. Como hija de Salvador Allende y de Tencha Bussi, te criaste en una casa llena de cultura: las pinturas y la literatura y, claro que sí, la música, tanto tu papá y tu mamá estaban obsesionados por darle una oportunidad al pueblo para que accediera a los bienes culturales y también de que se expresara.

Es apropiado, entonces, que ahora vamos a escuchar a un cuarteto de cuerdas que viene de la pintana que, a pesar de ser una de las comunas menos favorecidas de Chile, tiene mucho de que enorgullecerse y, en este caso, de su orquesta juvenil municipal. Cuatro de sus integrantes están hoy acá.

Más simbolismo: van a tocar composiciones de Jaime Barría, cuyo conjunto, Bordemar, se fundó en 1983 en Puerto Montt, en plena dictadura.

El presidente Allende en su discurso habla mucho acerca del mar Chileno y su importancia. Estaría, sin duda, feliz de que en este homenaje se toca musica que cruza lo moderno con lo andino y que evoca la isla mágica de Chiloé, sus leyendas y remembranzas y nostalgias. Una de las piezas se refiere a la pincoya, que es un espíritu femenino del mar, que representa la abundancia y que a veces se divisa en un barco fantasma, el caleuche – un barco donde los muertos siguen, como Allende, con vida.

Es una feliz coincidencia que la música que acabamos de escuchar explora la isla de Chiloé.

Porque estamos en el instituto cervantes y estamos hablando en el castellano que heredamos de espaňa. Y resulta que el viento y el aire de chiloe se llenó por primera vez con la musicalidad de ese idioma gracias a don Alonso Ercilla y Zuñiga que fue el primer europeo en desembarcar en Chiloé el 28 de febrero de 1558, aunque por cierto que pueblos originarios habían vivido ahí durante milenios.

Fue el mismo ercilla que nos cuenta como se metió en una piragua para atravesar las aguas del golfo y llegar hasta la isla donde grabo en un arbol estas palabras:

Aquí llegó, donde otro no ha llegado,/ don Alonso de Ercilla, que el primero/ en un pequeño barco deslastrado, con solos diez pasó el desaguadero.

Son endecasílabos que reproduce en la araucana, ese poema épico que empieza con la palabra “Chile”, que marca el ingreso de nuestro nombre al idioma espaňol y otros idiomas. Con razón dice nuestro gran vate raul zurita que Chile fue un poema antes de que fuera un país.

Y a partir de ese primer explorador que nace y muere en Madrid, a partir de ese primer encuentro, son infinitas las relaciones entre Chile y España.

Para Allende y su generacion, sin duda, la más importante sería la lucha contra el fascismo y la defensa de la república espaňola, que entre 1936 y 1939 fue presidida por dos miembros del partido socialista oberero espaňol, partido hermano del Chileno al que pertenecía Allende.

A esa relación entraňable, de Espaňa en el corazón de que hablaba Neruda, se agrega ahora este nuevo enlace de carino y solidaridad y busqueda de justicia, al ser este el lugar el que se eligió para esta conmemoración del discurso de Salvador Allende. Y en la presencia, nada menos, del presidente del gobierno espaňol, Pedro Sánchez, cuya conexión intensa con Chile se profundizó al recibir la medalla Salvador Allende de manos de la senadora Allende. El lema en esa medalla es: “dueňos de nuestro destino.” Un lema para Chile y para Espaňa ayer y hoy.

Vigencia, relevancia.

Pero si ese discurso sigue vibrando cincuenta aňos más tarde, es también porque Allende tenía el don de la palabra. De él siempre se cita la promesa de que se abrirán las grandes alamedas. Pero en ese mismo discurso final desde La Moneda, pronunciada unas horas antes de morir, el presidente dice que “seguramente el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes.”

El metal tranquilo de mi voz.

Me alucina esa frase, la forma en que la firmeza de lo mineral se asocia con firme serenidad y no con rigidez.

La réplica sonora. La necesidad de tranquilizar a quienes, desolados, lo oíamos durante el golpe, tranquilizarnos con la certeza de que algo de su sueňo iba a perdurar, como perdura el metal y perdura la patria. Y, en efecto, al principio de su discurso de la ONU, dice que “en mi patria, historia, tierra y hombre se funden en un gran sentimiento nacional” y reitera palabras parecidas al final: ‘la historia, la tierra y el hombre nuestro se funden en un gran sentido nacional.”

Hablaba Allende de la patria, pero tantas décadas más tarde me atrevo a sugerir que también hablaba de sí mismo, de un hombre que se fusiona con la historia y la tierra y que, por lo tanto, no va a dejarse callar ni doblegar.

Estamos aquí porque el metal tranquilo de esa voz se sigue oyendo más allá de la muerte.

Uno de los que ampara esa voz es el actual presidente de la república, Gabriel Boric Font, que entra el 11 de marzo del aňo en curso a La Moneda. , la misma moneda donde Allende murió. Y ese joven presidente, que nace quince aňos después de la muerte de Allende, antes de traspasar ese atardecer las puertas del palacio presidencial, rompe el protocolo y va a contemplar la estatua de Allende que se encuentra en una esquina de la Plaza de la Constitución.

Yo fui testigo, junto a millones de nuestros compatriotas, de ese gesto, y comprendo el profundo alcance de lo que estaba pasando: el nuevo presidente rendía un homenaje a un hombre en que la tierra y la historia se fusiona. Y me alegra poder introducir al presidente Boric que ahora viene con el metal tranquilo de su propia voz a hablarnos de Salvador Allende aca en nueva york.

Hay una palabra suya, presidente, que usted ha reiterado muchas veces y que a mí me ha llamado siempre la atención.

Es la palabra seguimos.

Seguimos en el paciente sentido de que es indispensable persistir, de que no hay que darse por vencido.

pero seguimos puede entenderse a la vez como la promesa de que vamos a pro-seguir y prolongar un camino abierto por otros, seguimos porque aspiramos a continuar, nos toca seguir la labor de quienes vinieron antes, seguimos como un modo de proclamar que la labor de hoy es el fruto del esfuerzo de muchos en el pasado.

Básicamente, una promesa a los muertos de que no vamos a permitir que se mueran del todo porque los seguimos escuchando, seguimos en sus huellas, porque la tarea que comenzaron sigue pendiente, necesita completarse.

Los muertos nos murmuran, Allende nos advierte, que la adversidad es una gran maestra, que no hay derrota si se aprende de ella y de los errores, que la próxima vez seremos más abiertos, más dialogantes, más flexibles, más sabios, más democráticos, más atentos a las lecciones del pasado, que la próxima vez vamos a vencer porque habremos logrado con-vencer, como lo intentó el presidente Allende a lo largo de su vida.

Una de las maneras en que los seres humanos estamos en contacto con ese pasado radiante y arduo, una manera primordial para seguir esa conversación con los muertos son los libros, esos tesoros de la memoria de nuestra especie.

No podía, entonces, faltar en esa ocasión un hermoso volumen que recoge la voz de Salvador Allende y la hace aún más imperecedera.

Invito al presidente Pedro Sánchez y a la senadora Isabel Allende para que suban al escenario y reciban, junto al presidente Boric, el libro “vengo de un país.”

(Intervenciones)

Para cerrar esta ceremonia, dos breves comentarios.

El primero: estoy seguro de que Salvador Allende estaría dichoso de que se editara este libro.

Él amaba los libros y durante su presidencia se llevó a cabo una expansión asombrosa de la publicación de libros por medio de la editorial Quimantu – que significa en mapudungun, sol del saber.

Y un segundo comentario: los editores de la Fundación Salvador Allende han acentuado el alcance universal y global del discurso del presidente incluyendo traducciones al inglés y al francés junto al castellano en que se pronunció en 1972.

El inglés que es el idioma de nuestro país anfitrión y el francés en que por primera vez se escribió y proclamó los derechos del hombre.

Pero el francés es también el lenguaje en que escribió Albert Camus, que entiendo es el autor favorito del presidente Boric.

Y es a Camus al que cedo la palabra para finalizar esta conmemoración de Allende y de la gesta de Chile. Resulta que Camus visitó Chile en 1949, y cuando se acordó de ese viaje, le contó a un amigo que “Chile me ha enseňado que hasta los volcanes pueden ser tiernos.”

Podría haber estado hablando del presidente Allende.

Y creo que es una frase, en todo caso, que hubiera hecho sonreír a nuestro compañero presidente”.

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